A qué
llamamos la realidad. ¿Alguna vez te
hiciste esta pregunta? Seguramente en algún momento de tu vida te lo habrás
planteado. O te lo habrán planteado. Nosotros sostenemos que es una de las
preguntas esenciales del ser: ¿Qué es lo real? ¿Existe lo que me rodea? Y de
ser así, ¿en qué sentido existe y cómo nos afecta?
Generalmente
no cuestionamos nuestro entorno. Andamos por la vida preocupados más por el
tiempo, por conseguir un trabajo, comprarnos algo que nos guste, pactar salidas
con amigos o amigas que preguntándonos por qué estamos en dónde estamos, y sí
realmente en dónde estamos es finalmente en donde nos dicen que estamos. ¿Suena
confuso?
Vamos
por partes: en general, tanto el hombre y la mujer creen en lo que les dicen.
El ser humano conoce su mundo por medio de sus sentidos: el tacto, el olfato,
el oído, pero esencialmente la vista. El sentido de la vista es el sentido por
excelencia en nuestras sociedades contemporáneas. Creemos en lo que vemos,
porque las cosas están allí, tal como afirman nuestros ojos y nos los confirman
nuestro sentidos: el tacto, olfato, oído o gusto. Y encima, porque a aquello
que vemos, tocamos, sentimos, degustamos le hemos dado el valor de la
nominación, le hemos conferido poder al nombrarlo con el lenguaje. O sea, que podemos
decir que eso existe, porque está
allí, presente, esperando ser tocado, degustado, olido, pero sobre todo, enunciado. Para poder ser finalmente
verdadero, porque está allí, siendo nombrado, utilizado, manipulado.
Ahora
bien, ¿qué sucede si algún día alguien nos dice que eso a lo que tanto estamos
acostumbrados no es real, no es verdadero? ¿Qué creés que sucedería? ¿Qué creés
que pensarías? ¿Estás realmente preparado o preparada para enfrentar esto? Y de
ser así: ¿por qué te duele la cabeza?
Una alegoría,
que viene del griego allegorein «hablar figuradamente», es
una figura literaria o tema artístico que pretende representar
una idea valiéndose de formas humanas, animales o de objetos cotidianos. La
alegoría más conocida de todas es la que Platón acuña antes del nacimiento del
propio Cristo (personajes polémicos si los hay) y sucede, precisamente, en una
caverna. La Alegoría de la caverna de
Platón es una representación simple de explicar, pero muy difícil de
aprehender. Y dije aprehender, no aprender. Aprehender, con “h” intermedia,
significa captar algo en su esencia, asimilarlo, incorporarlo, hacerse de él,
formar parte. Es decir, debemos aprender a aprender. ¿Y por qué digo esto?
Porque usualmente el ser humano sólo aprehende las cosas a las que le encuentra
sentido o lógica. Muchos de los contenidos que vamos a transitar durante esta
materia, a priori, no dispondrán de un sentido o lógica para tu entendimiento.
Es más: muchos de ellos te van a aturdir. A dejarte desconcertado/a. Te van a
marear y vas a sentir que no estás aprendiendo nada. Enhorabuena, ¡bienvenido/a
al campo del conocimiento! Bienvenido/a a la necesidad de aprender a aprender.
Decíamos, entonces, que la Alegoría de la Caverna de Platón es sumamente
interesante. Es fácil de explicar pero difícil de aprehender. Difícil de
imaginarlo y sentirse parte. No quiero que veas imágenes, quiero que las
sientas. Que seas parte de ellas. Imaginate en una caverna, atado. Todo el
maldito día viendo proyectarse sombras sobre una pared. Milagrosamente no
requerís comida, tampoco agua y ni hablar de otras necesidades. Lo que importa
en esta escena es saber que lo que tus ojos ven, los que tus oídos escuchan. Estás aislado, esa es tu realidad y ninguna
más. Imaginate que no conoces nada de lo que conocés hoy. Nada de lo que hoy
creés o ves para vos existen. Sólo el vacío de la existencia siendo visto
proyectado por esa pared mientras oís los sonidos de los transeúntes. No hay
nada más que eso. Tu cerebro sólo capta esos sonidos. Los procesa, obvio,
porque seguimos en esta imagen siendo humanos. Pero no hay otro parámetro más
que el descripto para esta realidad. Para esta tortuosa y prolongada eternidad.
De pronto, un día, movido por esa constante curiosidad que te apremia, tenés
oportunidad de escapar de esa calamitosa fatalidad. Y abrís las cadenas. Cortás
los lazos, velás por tu independencia. Entonces, abrumado/a, te abrís camino
por un recoveco sobre el que se inunda una chorrea una imponente ráfaga de luz.
Es una luz enceguecedora, muchísima más potente que la de la llama. Y al salir,
te encontrás con otra realidad. La que conocés hoy. Ahora sí imaginá lo que
quieras: una pradera, una estepa, un desierto, la inmesidad del mar, lo que
sea. ¿Qué haces con tus “amigos”? Con
aquellos condenados que te acompañaron en esa tortuosa existencia. Tomate unos
segundos para imaginarlo y despegá tus ojos de estas páginas… ¿Volviste? De ser
así, seguramente volverías. Habría necesidad de contarles. ¡Querés que ellos
sientan y vean lo que vos sentiste! Lo que viste. Es lógico: somos seres
humanos y guardamos de nuestros afectos. Pero qué pasa al volver, qué dirían
estos pobres encadenados de tu relato. Puesto que para ellos es sólo un relato.
Son sólo palabras. Seguramente no te acompañarías. Se sentirían cómodos presos
de esas cadenas. Y no insistas, porque tus palabras les resultan insoportables.
Detestables. Inaudibles. ¡No sigas! Si no querés que terminen despedazándote
por no poder soportar la terrible idea de que existe otra realidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario